Fernando Martín Royo,escritor de ficción, cuento y opiniones. arte en libertad para debatir ideas y proyectos artísticos
miércoles, 26 de noviembre de 2014
jueves, 30 de octubre de 2014
Otro relato de viaje por nuestra querida latinoamerica
Dando las gracias al Tata Inti
Dando las gracias al Tata Inti
En esas soledades y a esas alturas, el silencio se podía escuchar, algo tan simple como la carrera de una lagartija, era una sinfonía de sonidos, sonaban como los golpes dados en un timbal, el graznido de una de las grandes aves que señoreaban por el inmenso y celeste cielo, sonaba mas fuerte que el mas poderoso instrumento de viento, ellas contrastaban con sus desordenados plumajes contra el espectacular y límpido cielo azul.
El muchacho,se sentó cansado, a un costado del camino.Con la boca seca y traspirando por culpa del brillante e implacable sol, que asolaba al paisaje en ese momento, el muchacho se distrajo observando en esos momentos la única nube, era alargada y semejaba un mechón de algodón, avanzaba sintiéndose la única dueña del cielo.
No sabía cuanto tiempo estuvo sentado allí, de repente se sobresaltó,le había parecido escuchar en el aire un débil sonido, mezclado con el murmullo que producía el viento castigando a los arbustos, era algo parecido a un ronroneo, muy débil, pero recién se escuchaba por primera vez, antes no lo había notado, transcurridos algunos minutos,lo escuchó algo mas nítido, los sonidos se escuchaban desde muy lejos, el aire a esa altura era muy liviano, enseguida se dio cuenta que lo que escuchaba era el rugido de un motor, estaba seguro, ningún ser de la naturaleza hacía ese ruido, entusiasmado se paró para poder ver el largo y sinuoso camino, desde allí lo veía perderse en el horizonte, subiendo y bajando inmensas ondulaciones de los cerros,pero desilusionado no vio nada.
Se sentó otra vez sobre la recalentada piedra, a un costado del camino, al poco rato se distrajo viendo una intrincada huella sobre la gruesa arena que había dejado una pequeña víbora, de un intenso color verde y que velozmente escapó hacia la pobre vegetación, que luchaba por sobrevivir bajo un grupo de arbustos.
Se sobresaltó, al oír de nuevo el ruido de un motor, pero ahora mucho mas cerca, se puso de pié y allí si, ahora lo vio, era un camión, un enorme monstruo viejo, feo y cargado hasta donde ya casi no podía con su fuerza, encima de la carga se observaba a varias personas sentadas, todas juntas. Bufando, para subir la cuesta, veía su figura casi fantasmal, su imagen reverberaba en el paisaje,pareciendo que flotaba en el, debido al intenso calor.
Un minuto después, tuvo al monstruo acercándose, confundido se paró frente a el y con su brazo en alto le hizo una seña para que pare, el monstruo le hizo caso y se detuvo junto a el, envolviéndolo en una caliente nube de polvo, el chofer, de pelo desordenado y grasiento, lo miró con sus achinados ojos, desde la altura de su cabina, calculando cuanto le cobraría por llevarlo. Enseguida se pusieron de acuerdo, solo eran unas monedas, pero tendría que viajar sobre la carga, compuesta por mercadería variada, una vez que subió sobre ella con no poca dificultad, se acomodó como pudo, detrás de las personas que ya venían viajando de esa manera. Eran cinco, toda gente autóctona, moradores del campo, o pueblos cercanos, abrigados del frío altiplano con sus multicolores ponchos y mantas, estaban rodeados por sus equipajes, también envueltos en idénticas mantas, sus cabezas lucían bien abrigadas con sus multicolores chuyos, tejidos con lana de llamas y vicuñas de la zona, por lo rudo y toscos, sus rasgos parecían tallados en la misma piedra con la que construían sus magníficos altares, dos hendiduras formaban sus enigmáticos ojos, que en ese momento, todos tenían fijos en el.
Se sentó otra vez sobre la recalentada piedra, a un costado del camino, al poco rato se distrajo viendo una intrincada huella sobre la gruesa arena que había dejado una pequeña víbora, de un intenso color verde y que velozmente escapó hacia la pobre vegetación, que luchaba por sobrevivir bajo un grupo de arbustos.
Se sobresaltó, al oír de nuevo el ruido de un motor, pero ahora mucho mas cerca, se puso de pié y allí si, ahora lo vio, era un camión, un enorme monstruo viejo, feo y cargado hasta donde ya casi no podía con su fuerza, encima de la carga se observaba a varias personas sentadas, todas juntas. Bufando, para subir la cuesta, veía su figura casi fantasmal, su imagen reverberaba en el paisaje,pareciendo que flotaba en el, debido al intenso calor.
Un minuto después, tuvo al monstruo acercándose, confundido se paró frente a el y con su brazo en alto le hizo una seña para que pare, el monstruo le hizo caso y se detuvo junto a el, envolviéndolo en una caliente nube de polvo, el chofer, de pelo desordenado y grasiento, lo miró con sus achinados ojos, desde la altura de su cabina, calculando cuanto le cobraría por llevarlo. Enseguida se pusieron de acuerdo, solo eran unas monedas, pero tendría que viajar sobre la carga, compuesta por mercadería variada, una vez que subió sobre ella con no poca dificultad, se acomodó como pudo, detrás de las personas que ya venían viajando de esa manera. Eran cinco, toda gente autóctona, moradores del campo, o pueblos cercanos, abrigados del frío altiplano con sus multicolores ponchos y mantas, estaban rodeados por sus equipajes, también envueltos en idénticas mantas, sus cabezas lucían bien abrigadas con sus multicolores chuyos, tejidos con lana de llamas y vicuñas de la zona, por lo rudo y toscos, sus rasgos parecían tallados en la misma piedra con la que construían sus magníficos altares, dos hendiduras formaban sus enigmáticos ojos, que en ese momento, todos tenían fijos en el.
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martes, 7 de octubre de 2014
un pequeño relato para ustedes
El tren,
como un monstruoso gusano, sobreviviente de la época de los grandes saurios, se
arrastraba serpenteando y con rapidez, por la vasta llanura. El pasajero, ya
llevaba contados mil novecientos treinta y dos postes de tendidos de cables
eléctricos y cuatrocientos ochenta y dos árboles de distintas especies.
Ahora el infinito horizonte naranja, presagiaba la inminente
proximidad de la noche y sus tinieblas.
Una isla verde, formada por diecisiete inmensos árboles, se recortaba contra el telón iluminado del cielo, de intenso color naranja. Más atrás, otra formación de árboles dibujaba una segunda isla, que se disolvía en el paisaje, era imposible averiguar la cantidad de árboles que la componían debido a la lejanía
Una isla verde, formada por diecisiete inmensos árboles, se recortaba contra el telón iluminado del cielo, de intenso color naranja. Más atrás, otra formación de árboles dibujaba una segunda isla, que se disolvía en el paisaje, era imposible averiguar la cantidad de árboles que la componían debido a la lejanía
El hombre, dejó de llevar las cuentas de lo que observaba en
el paisaje y se dirigió por cuarta vez al baño, saludando por segunda vez, a la
señora que viajaba en el asiento de atrás, ya que las dos veces anteriores, la
señora dormía profundamente.
Luego de ocupar el baño y
entretenerse en él, investigando que utilidad tenía cada uno de los botones y
palancas de extrañas y bien diseñadas formas, que había en él, volvió a su cálido asiento, era el número
treinta y dos, luego de acomodarse y sentirse cómodo, apoyando su cabeza en él,
comenzó a mirar a través del vidrio de la inmensa ventanilla que ya mostraba la
oscuridad de la noche sobre el campo y comenzó a contar las desperdigadas luces
en el paisaje oculto. Minutos después, se encendieron lentamente las débiles
luces del interior del vagón, son catorce, se dijo para sí, asombrándose de lo
rápido que las había contado, así recostado cómodamente en su asiento, mirando
de reojo a las dos atractivas chicas, sentadas al otro lado del pasillo, el
sueño lo fue atrapando lentamente y con una sonrisa apenas dibujada se fue
quedando dormido, acunado por el suave traqueteo del tren.
Despertó asustado cuando la hercúlea
locomotora largó dos largos e intensos bramidos, advirtiendo a los madrugadores
automóviles dispuestos a cruzar por delante de ella, que detuvieran su marcha.
Ella, con su corte de largos y brillosos vagones, pasaría primero.
Ahora, por su ventanilla, donde el paisaje era iluminado nuevamente por la brillante luz solar, vio la barrera en la que los
automóviles, detenidos pacientemente, esperaban el paso del inmenso
dinosaurio. Diez minutos más tarde, haciendo rechinar sus poderosos pies de
hierro, el monstruo se detuvo en la estación, donde era esperado por un equipo
de cinco maleteros, que esperaban con sus carretas y cordeles para bajar el
equipaje y otras cargas de los doscientos ochenta y dos pasajeros que
descendieron del tren, del furgón de carga, cinco maleteros más, bajaron
catorce cajones de cargas varias y ocho inmensas maletas, despachadas por
algunos de los viajeros.
El pasajero se dirigió a la parada de
taxis, donde nueve de ellos se ocuparon rápidamente, el último lo utilizó el,
inmediatamente le dio la dirección de su destino al chofer, por precaución la
traía escrita en un papel, sentado ya cómodamente en el auto, observó por la
pequeña ventanilla trasera, hacia el cielo, que se iba cubriendo rápidamente y
oscureciendo la naciente mañana, el chofer le comentó lacónicamente, va a
llover, mientras él se distrajo mirando los números del semáforo, que en orden
descendente iban marcando los segundos que faltaban para darles paso,
veinticuatro, veintitrés, veintidós. Una chica que cruzó la calle
en ese momento lo distrajo y observó que sus piernas eran perfectas, cuando volvió la vista
al semáforo, este ya llegaba al número dos, el taxi comenzó a moverse
lentamente. Después de recorrer una cuadra, pasaron frente a una plaza,
seguramente la más importante del pueblo, contó veintidós árboles en ella y vio
que tenía un importante monumento en el centro, se sentía bien, el entorno lo
hacía sentir bien, observó las primeras gotas de lluvia que se desmoronaban por
el parabrisas, se arrellanó en el cómodo asiento del taxi y se sintió
confortado, que bien me siento, pensó. Me alegro de haber venido.
miércoles, 1 de octubre de 2014
Comienzo de uno de los capítulos de Giuseppe
El viaje de José
El viaje de José
E
|
l cura, comenzó a
buscar a las monjas que venían en el tren y todavía no bajaban, hasta que José
vio a las tres religiosas de blancos hábitos en el andén, donde se ubicaba el
último vagón, ese era el furgón, donde transportaban los equipajes, estaban
retirando una serie de cajas y valijas, José llamó al cura y le señaló a las
religiosas, los dos se dirigieron hacia ellas y se presentaron, ellas, miraron
desconcertadas al padre que con su casaca de cuero, lo que menos parecía era un
cura, seguramente ellas esperaban un canoso y encorvado viejito, vestido con su
hábito negro hasta el piso, luego de pasada la sorpresa, las monjas
agradecieron la ayuda del cura y la de José, con el abundante equipaje, que
cargaron en un viejo taxi, en las afueras de la estación, ayudados por el jefe,
al cual aprovecharon para agradecer el desayuno, y partieron, ellos adelante,
en la vistosa moto inglesa y las monjas detrás, en el decrépito taxi, que subió
bufando y largando una columna de humo por la tapa del radiador, hasta la
parroquia, donde llegaron seguidos por una corte de chicos descalzos y rostros
que denunciaban su origen local.
El cura Mario, que así se llamaba, ya había preparado
un cuarto para depositar todo el equipaje de las monjas, el problema era que traían un lote de
vacunas, ellas lo traían acondicionado con un trozo de hielo y este ya estaba
casi totalmente derretido, en la parroquia solo tenían una refrigeradora que
funcionaba a hielo, en la cocina, Mario la hizo vaciar y allí colocaron las
valiosas vacunas, luego instalaron a las monjas en un cuarto, que también
estaba preparado para ellas y el cura le pidió a José si podía ir a prestar
ayuda a la cocinera, ese día estaría muy ocupada, luego del almuerzo, el cura
Mario se reunió con las monjas, para juntos planear la estrategia, que debían
emplear para salir a vacunar, por los pueblitos en el interior de la provincia,
le preguntó a José si los podía acompañar, pues faltaba un hombre para las
tareas pesadas, José sin otra cosa que hacer dijo que si, él se sentía un tanto
incomodo, pensando que nunca había estado de acuerdo con los cuervos, como él
llamaba a los curas y ahora sin quererlo estaba trabajando codo a codo con uno
de ellos y sin embargo sentía que estaba a gusto ayudando a gente humilde que
no tenían nada.
Al otro día
temprano llegó a la parroquia una ambulancia y un pequeño camión, guiados por
dos muchachos autóctonos, de la zona y de rasgos inconfundibles, particulares
de los collas, con esos vehículos partirían a recorrer los pueblitos, a examinar
a los viejos habitantes y vacunar a los más chicos de la puna, ese día se la
pasaron en preparativos, el viaje duraría unos cuantos días por eso había que
prever todo, Mario le contó que irían a pueblos donde no había caminos para
llegar.
Por fin el día llegó, a la madrugada del día indicado,
paró un taxi frente a la parroquia donde ya los choferes estaban cargando
bultos con ropa y alimentos que le llevarían a los pobladores de los lejanos y
perdidos pueblitos que visitarían, diseminados por las impresionantes
extensiones de la cordillera de los Andes y que eran producto de donaciones
conseguidas por el padre Mario, del taxi bajaron un hombre y una mujer, los dos
eran médicos del hospital de la ciudad y saludaron con efusividad al padre y a
las tres monjas, con ellos estaba completa la dotación, desayunaron todos en la
cocina, y luego de despedirse de la atareada cocinera, partió la caravana de
dos vehículos, las tres monjas y los dos médicos se acomodaron en la cargada
ambulancia y José y el padre Mario en la cabina con el chofer que iba
masticando, chabchando, como decían ellos, el acullico de coca, costumbre
generalizada en la zona para combatir el soche, o mal de las alturas. Los dos
choferes hablaban Aymara y solo unas pocas palabras de castellano, por lo que
la comunicación con ellos era muy escasa, apenas salieron de la pequeña, pero
bella ciudad, comenzaron a rodar por las pedregosas rutas de la puna, hacia el
primer pueblito. Algunos de ellos no lo llegaban a ser, eran solo un caserío en
que generalmente sus habitantes eran integrantes de una misma familia, cuando
veían llegar a los dos vehículos, se escondían, el padre Mario, era el único que los podía convencer que se dejen
revisar y vacunar a sus hijos, a veces tenían que pedirle a los choferes que
les expliquen a las desconfiadas madres, en su lengua, lo que ellos hacían. La
diferencia no solo era de idioma sino también de costumbres, ellos tenían otra
cultura y otras costumbres, hasta otros dioses y les habían prohibido creer en
ellos, así que cuando veían llegar un blanco, creían, con razón que les venían
a sacar algo más y si aceptaban como en este caso hacer lo que le pedían, era
por miedo y no por otro motivo. El primer día solo vacunaron y revisaron a los
habitantes del primer caserío que tocaron, eran todas mujeres y niños, y dos
viejos arrugados más por el clima inclemente que por los años, luego de la
revisión y vacunación les dieron una caja con alimentos y algo de ropa de
abrigo usada que traían, aceptaron con desconfianza los alimentos, pues eran
extraños para ellos y vacunaron a dos mujeres embarazadas, luego de eso los
choferes conocedores de la zona recomendaron quedarse en el poblado pues ya era
muy tarde y la temperatura, apenas baja el sol en esas alturas, desciende de
golpe. Sacaron dos carpas que llevaban y las armaron, una para las mujeres y
otra para los hombres, los choferes durmieron abrigados en la ambulancia,
después de cenar una sopa que hicieron en un fogón y ya instalada la noche con
su manto helado y su techo de inmensas e interminables estrellas, todos se
durmieron.
Al
amanecer, bajo el imperio de un frío
martes, 30 de septiembre de 2014
Miraflores - Lima - PerúUbicación:
América del Sur
El bloqueo
Tendría que usar el blog, para enseñar
algo de lo que ya mi larga vida me ha enseñado. Pero no se me da la gana, hoy
estoy de mal humor, hoy es un día en que la vida me tiene atrapado por la
garganta, sus eficaces garras, no me sueltan y lo peor es que sé porque se
comporta así conmigo.
Me está regalando tiempo, lo sé y yo lo desperdicio, es con el arsenal
de mis miedos y traumas que lo pierdo. "Carajo", me
digo, suéltate de una buena vez. pienso en lo que decía mi admirado," Gabriel García Márquez" (el escritor escribe su libro para
explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar).
Al final, las garras aflojan y la sangre irriga lo que debe, las manos
comienzan a moverse nerviosas y los rasgos en el papel como venas, abastecen de
ideas lo que algún día será otra explicación de lo que no se puede explicar.
miércoles, 17 de septiembre de 2014
¿Te acuerdas de Mika waltari?
Mika Waltari. Nació en Finlandia en 1908, estudió teología y
filosofía, se dedicó a la escritura, transformándose en el más famoso escritor
de ese helado país y en el más prolífico.
Escribió veintinueve
novelas, innumerables obras de teatro y cientos de cuentos y artículos. Sus
novelas históricas fueron las más conocidas, quizás por muy bien documentadas y
bien escritas, el lector parece estar viviendo en esa época cuando se sumerge en
una de ellas, la más famosa, Sinhué el Egipcio, nos transporta al antiguo
Egipto, catorce siglos A.C. y nos lleva al mágico mundo de los Faraones.
El Etrusco y el sitio de Constantinopla, fueron también muy
famosas, esta nos narra la caída de Constantinopla por parte del imperio
Otomano.
Cuando Uno termina de leer estas novelas de lenguaje sencillo, sin
dialécticas intelectuales, termina agotado de tanto vivir en las agitadas
historias antiguas.
Un escritor para aprender historia y recomendar.
Mika Waltari murió en su Helsinki natal en 1979.
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martes, 16 de septiembre de 2014
¿Te acuerdas de Emilio Salgari?
Emilio Salgari, el ídolo de mi infancia, hubo una época en que mi mejor regalo de cumpleaños era uno de sus libros.
Creador del invencible Sandokán, el tigre de Momprasén y su inseparable amigo portugués, Yáñez. Debido a la trágica muerte de su enamorada, la distinguida Inglesa, Lady Mariana Guillonk (la perla de Labuán). La vida de Sandokán es marcada.
El nacimiento de Sandokán fue a partir de entregas periódicas en el periódico Veronés “La nuova arena”. Debido al Éxito, le propusieron a Salgari seguir con el personaje en una novela y vaya si tenían razón.
A lo largo de su vida, este sí que se puede llamar prolífico escritor, escribió la friolera de, ochenta y cuatro novelas, si ochenta y cuatro, aparte de incontables relatos y artículos en diarios y revistas.
En esa época los súbditos ingleses, leían toda la narrativa en la que se glorificaba su sistema de política colonialista. En cambio el héroe de Salgari era un príncipe de Borneo, desposeído de su trono por el colonialista imperio Británico.
Sus ansias de lucha por la reivindicación y odio al colonialismo lo llevan a pelear a la India. En otra línea narrativa, que con el correr de los libros, luego se hacen una.
En la inmensa India, sus antológicas peleas se desarrollan contra los malvados Thugs, adoradores de la sangrienta diosa Kali.
También se mudó al caribe, donde escribió sobre piratas, allí el protagonista fue el noble Italiano Emilio di Rocanegra, señor de Ventimiglia, “El corsario negro”.
Su enemigo en las calurosas Antillas, era el flamenco Wan Guld, gobernador de Maracaibo, que ahorcó sin piedad a sus hermanos “el corsario verde” y “el corsario rojo”.
El corsario negro, pese a todo, se enamora de la bella hija de su enemigo Wan Guld, con la que vive un corto idilio.
Y así podríamos seguir contando la historia de todos estos y muchos más personajes de Emilio Salgari, pues ellos recorrieron con sus aventuras todo el planeta, y todo esto lo vivió desde su escritorio, con pluma y tintero, imagínense si hubiese contado con toda la tecnología e información de hoy en día.
Él nunca viajó, aparte de algunos meses de navegación por el Adriático, su sueño era ser marino, pero nunca lo pudo cumplir. Aunque no podemos decir que no viajó por el mundo, e hizo soñar a millones de jóvenes, tengamos en cuenta que algunas de sus novelas tiraban cien mil ejemplares en cada edición, de todas maneras nunca fue un escritor adinerado. Para ejemplo tenemos la carta de despedida que dejó antes de quitarse la vida, también como si fuera en una de sus novelas. Se abrió el vientre, practicando el rito Japonés Seppuku, más conocido como el Harakiri. Al lado suyo dejaba la siguiente carta a sus Editores.
“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una contínua semimiseria, o aún peor, solo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari”
Vaya para usted, mi admirado Emilio Salgari, este pequeño recordatorio, agradeciendo, las horas vividas, leyendo las aventuras de sus personajes, que me enseñaron a soñar.
Fernando Martín Royo
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lunes, 8 de septiembre de 2014
Extraído del libro, Los romances de Rosie y el Trapecista
Joaquín, luego de bailar alguna movida salsa o cumbia, y ya teniendo el panorama de las chicas que allí se mostraban, invitaba a alguna de ellas, en la que previamente había fijado su atención, a salir al exterior a tomar aire y conversar tranquilos con una copa en la mano, sin que nadie los moleste, la mayoría de las veces aceptaban, a veces por curiosidad de conocer a tan exótico personaje, lo que ellas no se imaginaban, era que apenas entraban en la primer sombra amistosa, como la llamaba Joaquín y que los resguardara de las miradas indiscretas, “ Elvis Joaquín” se transformaba en su admirador más efusivo y era la destinataria de los besos más atrevidos y caricias más impúdicas, con las que muchas de ellas, comenzaban sus tempranas experiencias amorosas.
Joaquín, luego de bailar alguna movida salsa o cumbia, y ya teniendo el panorama de las chicas que allí se mostraban, invitaba a alguna de ellas, en la que previamente había fijado su atención, a salir al exterior a tomar aire y conversar tranquilos con una copa en la mano, sin que nadie los moleste, la mayoría de las veces aceptaban, a veces por curiosidad de conocer a tan exótico personaje, lo que ellas no se imaginaban, era que apenas entraban en la primer sombra amistosa, como la llamaba Joaquín y que los resguardara de las miradas indiscretas, “ Elvis Joaquín” se transformaba en su admirador más efusivo y era la destinataria de los besos más atrevidos y caricias más impúdicas, con las que muchas de ellas, comenzaban sus tempranas experiencias amorosas.
Cuando la chica volvía al interior del salón, generalmente
sus amigas veían a esta, con su cara arrebolada de desconocidas sensaciones y
su ropa un tanto desprolija, alguna de ellas mirando a sus amigas con cara de
susto y otras sonriendo maliciosamente, todas ellas con sus bocas pintadas de
rojo pasión y mirando de reojo a través de sus húmedos ojos, tupidos de pestañas
postizas.
“Elvis Joaquín” volvía al grupo de sus amigos, arriba de sus
botas de tacones y ante la admiración de estos, peinando su jopo, miraba a
todos con aire de superioridad y daba el veredicto de su última conquista, que
podía ser para casarse, para un día, para un mes, para novia, o solo para el
baile, según el comportamiento de la niña en su primer round en la oscuridad,
luego de expresar su veredicto a la corte de admiradores, se recostaba en su
silla una pierna sobre otra y con una cerveza en la mano, entrecerrando sus
ojos para poder enfocarlos mejor, se dedicaba a observar nuevamente el panorama
de mujeres, a medida que descartaba a las niñas, iba subiendo a las de mayor
edad, eso para él no era un obstáculo.
lunes, 21 de julio de 2014
La vida soñada
E
|
l sendero en la selva se hacía cada vez más difícil, la neblina, que se
elevaba del valle por donde corría el caudaloso y embravecido río, cubría toda
la vegetación, un baño de humedad empapaba a la exuberante vegetación. Tenía
que caminar con mucho cuidado, pues pisar en falso, en alguna húmeda y movediza
piedra, significaría caer por la abrupta e irregular pendiente, que unos cientos
de metros más abajo se sumergía, en el bravo y voraz río de color marrón, que
corría con furia y vomitando espuma; bajaba de las partes más altas de la
cordillera, allá, más arriba de las nubes.
Estaba cansado, malhumorado y hambriento, ya llevaba muchas horas
caminando por estas montañas
Así comienza otro de los cuentos de En Sudamérica, mi primer libro de cuentos, publicado y en venta en Amazon
viernes, 11 de julio de 2014
Mister, money-Mister, money
E
|
l pequeño indígena,
natural del Cusco, estaba sentado desde la mañana temprano frente a la puerta
del importante hotel, en el centro de la ciudad imperial del Cusco,el ombligo
del mundo, como su nombre lo indica, antigua capital del imperio Inca.
Todas las mañanas
hiciera frío o lloviese, el bajaba a la ciudad desde el cerro donde su abuelo,
había construido una humilde choza, donde él vivía con su mamá y sus hermanos;
su papa se había ido a trabajar a la selva, hacía mucho que no tenían noticias
de él, su abuelo, le había contado que los abuelos de los abuelos ya vivían en
la ciudad cuando los incas gobernaban toda estas tierras. Ahora después que los
conquistadores Españoles habían pisoteado su cultura, robado las
riquezas del imperio y saqueado sus centros ceremoniales, mucha gente venía a
conocer lo maravillosa que había sido la ciudad de los Incas.
El niño tiritaba de
hambre y frio, solo su cabeza estaba abrigada por un chullo, exquisitamente
tejido por las hábiles manos de su madre, ella también tejía para venderles a
los turistas, pero había días en que no vendía nada, entonces, sus hijos salían
a conseguir alguito, como decían ellos para comer ese día.
Luego de pasar un
buen rato tiritando de frío con la vista fija en la puerta del hotel, esta se
abrió y salió una familia de turistas desabridos, gringos como le decían acá a
los rubios americanos y su adolescente, alto y más desabrido y desgarbado hijo.
Al instante se puso de pié y luego de desentumecer el pequeño cuerpito, corrió
hacia ellos, cruzando la calle y poniendo su mejor cara de lástima, los
persiguió hasta la esquina, extendiendo su manito y gritándoles, con su
vocecita con acento quechua, míster, money, míster money.
Así le habían
enseñado sus hermanos que le tenía que decir a los gringos para que le den dinero; él no sabía
que quería decir, pero si sabía, que si insistía diciéndoles eso, al final le
darían algo y se lo llevaría corriendo, para que su mama le hiciera algo rico
para comer y ya no tener frío y hambre, luego de tanto perseguirlos y gritarles
eso, la mujer le dijo al marido que le diese alguna moneda para que los dejase
en paz y pudiesen ir a desayunar tranquilos, el marido rebuscó en sus bolsillos
y le dio unas cuantas monedas con expresión de fastidio. De esa manera el rubio
y ejemplar padre, compró la libertad de su familia ante el acoso de ese pobre y
molesto indiecito. Pensó para sí, < las autoridades de esta ciudad deberían
hacer algo para que no molesten a los visitantes de esta ciudad que tanta plata
dejamos> y le dijo al hijo, en tono de darle una lección, < aprende,
siempre que visitas uno de estos lugares pobres, debes traer unas monedas en
los bolsillos, así te deshaces de los mendigos, que las malas políticas
económicas dejan en estos corruptos países >.
La familia de turistas se fue contenta a tomar
su desayuno, luego irían apurados a tomar el exótico tren turístico, que los
llevaría a conocer las ruinas de
Macchu Picchu, en las alturas de la
impresionante cordillera de los Andes.
Luego de unos tranquilos días de descanso en el Cusco,
el Mister volvió a Lima, a su rutinario trabajo, él era representante en Perú
de una importante empresa petrolera, multinacional decía el, o sea que no
pertenecía a ningún país, solo les interesaban los países cuando había un buen
negocio y aquí sí que lo había en este momento. Él era el señor Hoffman, era el
rey en sus impresionantes oficinas y tenía un ojo de lince para ver los
negocios donde nadie los veía, por algo el directorio lo había nombrado
representante para toda Latino América, del grupo inversor para el que
trabajaba.
Su secretaria le
avisó que en la sala de reuniones ya se encontraban los representantes del
gobierno, ese día se iban a firmar importantes contratos, para explotar el
petróleo en una zona de la cordillera, uno de los abogados de la compañía, leyó
el contrato a los presentes, en él se auguraba petróleo para veinte o más años,
según el informe de los técnicos, con unas ganancias más que fabulosas, correctamente
especificadas en el contrato según lo discutido con los representantes del
ministerio y que por supuesto eran los
encargados de firmar los contratos de explotación, un negocio que los favorecía
a ellos en lo personal y a la empresa petrolera en lo particular.
El señor Hoffman
habló antes de la firma y manifestó, estar de acuerdo en los veinte millones
que la empresa tendría que pagar, pese a la inversión que ellos harían y todos
los riesgos que ese negocio implicaba, pero entendía que el gobierno manejaría
adecuadamente ese dinero otorgando mejor educación y salud al pueblo, acto
seguido y después de los brindis, les comunico a los representantes del
ministerio que su comisión del cinco por ciento, estaba depositada en un banco
en el caribe, a nombre del ministro y como gesto de amistad la compañía los
invitaba a cada uno de ellos a visitar la imperial ciudad del Cusco, ciudad que
el tanto admiraba, con toda su familia.
Luego de firmar los
contratos y después de efusivos saludos y fuertes apretones de mano, los cinco
representantes del ministerio se retiraron contentos, con francas caras de
satisfacción, soñando en la semana que pasarían en el Cusco, gracias a la
generosidad de estos gringos.
Lo que no
entendieron fue cuando el señor Hoffman los despidió y les dijo,
─ no se hagan problemas, esta todo
pago, pero igual, lleven unas monedas.
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