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martes, 7 de octubre de 2014


un pequeño relato para ustedes
 Un viaje en tren 


El tren, como un monstruoso gusano, sobreviviente de la época de los grandes saurios, se arrastraba serpenteando y con rapidez, por la vasta llanura. El pasajero, ya llevaba contados mil novecientos treinta y dos postes de tendidos de cables eléctricos y cuatrocientos ochenta y dos árboles de distintas especies.
Ahora el infinito horizonte naranja, presagiaba la inminente proximidad de la noche y sus tinieblas.
Una isla verde, formada por diecisiete inmensos árboles, se recortaba contra el telón iluminado del cielo, de intenso color naranja. Más atrás, otra formación de árboles dibujaba una segunda isla, que se disolvía en el paisaje, era imposible averiguar la cantidad de árboles que la componían debido a la lejanía
El hombre, dejó de llevar las cuentas de lo que observaba en el paisaje y se dirigió por cuarta vez al baño, saludando por segunda vez, a la señora que viajaba en el asiento de atrás, ya que las dos veces anteriores, la señora dormía profundamente.
Luego de ocupar el baño y entretenerse en él, investigando que utilidad tenía cada uno de los botones y palancas de extrañas y bien diseñadas formas, que había en él, volvió a su cálido asiento, era el número treinta y dos, luego de acomodarse y sentirse cómodo, apoyando su cabeza en él, comenzó a mirar a través del vidrio de la inmensa ventanilla que ya mostraba la oscuridad de la noche sobre el campo y comenzó a contar las desperdigadas luces en el paisaje oculto. Minutos después, se encendieron lentamente las débiles luces del interior del vagón, son catorce, se dijo para sí, asombrándose de lo rápido que las había contado, así recostado cómodamente en su asiento, mirando de reojo a las dos atractivas chicas, sentadas al otro lado del pasillo, el sueño lo fue atrapando lentamente y con una sonrisa apenas dibujada se fue quedando dormido, acunado por el suave traqueteo del tren.
Despertó asustado cuando la hercúlea locomotora largó dos largos e intensos bramidos, advirtiendo a los madrugadores automóviles dispuestos a cruzar por delante de ella, que detuvieran su marcha. Ella, con su corte de largos y brillosos vagones, pasaría primero.
Ahora, por su ventanilla, donde el paisaje era iluminado nuevamente por la brillante luz solar, vio la barrera en la que los automóviles, detenidos pacientemente, esperaban el paso del inmenso dinosaurio. Diez minutos más tarde, haciendo rechinar sus poderosos pies de hierro, el monstruo se detuvo en la estación, donde era esperado por un equipo de cinco maleteros, que esperaban con sus carretas y cordeles para bajar el equipaje y otras cargas de los doscientos ochenta y dos pasajeros que descendieron del tren, del furgón de carga, cinco maleteros más, bajaron catorce cajones de cargas varias y ocho inmensas maletas, despachadas por algunos de los viajeros.
El pasajero se dirigió a la parada de taxis, donde nueve de ellos se ocuparon rápidamente, el último lo utilizó el, inmediatamente le dio la dirección de su destino al chofer, por precaución la traía escrita en un papel, sentado ya cómodamente en el auto, observó por la pequeña ventanilla trasera, hacia el cielo, que se iba cubriendo rápidamente y oscureciendo la naciente mañana, el chofer le comentó lacónicamente, va a llover, mientras él se distrajo mirando los números del semáforo, que en orden descendente iban marcando los segundos que faltaban para darles paso, veinticuatro, veintitrés, veintidós. Una chica que cruzó la calle en ese momento lo distrajo y observó que sus piernas eran perfectas, cuando volvió la vista al semáforo, este ya llegaba al número dos, el taxi comenzó a moverse lentamente. Después de recorrer una cuadra, pasaron frente a una plaza, seguramente la más importante del pueblo, contó veintidós árboles en ella y vio que tenía un importante monumento en el centro, se sentía bien, el entorno lo hacía sentir bien, observó las primeras gotas de lluvia que se desmoronaban por el parabrisas, se arrellanó en el cómodo asiento del taxi y se sintió confortado, que bien me siento, pensó. Me alegro de haber venido.     

viernes, 11 de julio de 2014

Mister, money-Mister, money


E
  


l pequeño indígena, natural del Cusco, estaba sentado desde la mañana temprano frente a la puerta del importante hotel, en el centro de la ciudad imperial del Cusco,el ombligo del mundo, como su nombre lo indica, antigua capital del imperio Inca.
Todas las mañanas hiciera frío o lloviese, el bajaba a la ciudad desde el cerro donde su abuelo, había construido una humilde choza, donde él vivía con su mamá y sus hermanos; su papa se había ido a trabajar a la selva, hacía mucho que no tenían noticias de él, su abuelo, le había contado que los abuelos de los abuelos ya vivían en la ciudad cuando los incas gobernaban toda estas tierras. Ahora después que los conquistadores Españoles habían pisoteado su cultura, robado las riquezas del imperio y saqueado sus centros ceremoniales, mucha gente venía a conocer lo maravillosa que había sido la ciudad de los Incas.
El niño tiritaba de hambre y frio, solo su cabeza estaba abrigada por un chullo, exquisitamente tejido por las hábiles manos de su madre, ella también tejía para venderles a los turistas, pero había días en que no vendía nada, entonces, sus hijos salían a conseguir alguito, como decían ellos para comer ese día.
Luego de pasar un buen rato tiritando de frío con la vista fija en la puerta del hotel, esta se abrió y salió una familia de turistas desabridos, gringos como le decían acá a los rubios americanos y su adolescente, alto y más desabrido y desgarbado hijo. Al instante se puso de pié y luego de desentumecer el pequeño cuerpito, corrió hacia ellos, cruzando la calle y poniendo su mejor cara de lástima, los persiguió hasta la esquina, extendiendo su manito y gritándoles, con su vocecita con acento quechua, míster, money, míster money.
Así le habían enseñado sus hermanos que le tenía que decir a los gringos para que le den dinero; él no sabía que quería decir, pero si sabía, que si insistía diciéndoles eso, al final le darían algo y se lo llevaría corriendo, para que su mama le hiciera algo rico para comer y ya no tener frío y hambre, luego de tanto perseguirlos y gritarles eso, la mujer le dijo al marido que le diese alguna moneda para que los dejase en paz y pudiesen ir a desayunar tranquilos, el marido rebuscó en sus bolsillos y le dio unas cuantas monedas con expresión de fastidio. De esa manera el rubio y ejemplar padre, compró la libertad de su familia ante el acoso de ese pobre y molesto indiecito. Pensó para sí, < las autoridades de esta ciudad deberían hacer algo para que no molesten a los visitantes de esta ciudad que tanta plata dejamos> y le dijo al hijo, en tono de darle una lección, < aprende, siempre que visitas uno de estos lugares pobres, debes traer unas monedas en los bolsillos, así te deshaces de los mendigos, que las malas políticas económicas dejan en estos corruptos países >.
La familia de turistas se fue contenta a tomar su desayuno, luego irían apurados a tomar el exótico tren turístico, que los llevaría a conocer las ruinas de Macchu Picchu, en las alturas de la  impresionante cordillera de los Andes. 
Luego de unos tranquilos días de descanso en el Cusco, el Mister volvió a Lima, a su rutinario trabajo, él era representante en Perú de una importante empresa petrolera, multinacional decía el, o sea que no pertenecía a ningún país, solo les interesaban los países cuando había un buen negocio y aquí sí que lo había en este momento. Él era el señor Hoffman, era el rey en sus impresionantes oficinas y tenía un ojo de lince para ver los negocios donde nadie los veía, por algo el directorio lo había nombrado representante para toda Latino América, del grupo inversor para el que trabajaba.
Su secretaria le avisó que en la sala de reuniones ya se encontraban los representantes del gobierno, ese día se iban a firmar importantes contratos, para explotar el petróleo en una zona de la cordillera, uno de los abogados de la compañía, leyó el contrato a los presentes, en él se auguraba petróleo para veinte o más años, según el informe de los técnicos, con unas ganancias más que fabulosas, correctamente especificadas en el contrato según lo discutido con los representantes del ministerio y que por supuesto eran los encargados de firmar los contratos de explotación, un negocio que los favorecía a ellos en lo personal y a la empresa petrolera en lo particular.
El señor Hoffman habló antes de la firma y manifestó, estar de acuerdo en los veinte millones que la empresa tendría que pagar, pese a la inversión que ellos harían y todos los riesgos que ese negocio implicaba, pero entendía que el gobierno manejaría adecuadamente ese dinero otorgando mejor educación y salud al pueblo, acto seguido y después de los brindis, les comunico a los representantes del ministerio que su comisión del cinco por ciento, estaba depositada en un banco en el caribe, a nombre del ministro y como gesto de amistad la compañía los invitaba a cada uno de ellos a visitar la imperial ciudad del Cusco, ciudad que el tanto admiraba, con toda su familia.
Luego de firmar los contratos y después de efusivos saludos y fuertes apretones de mano, los cinco representantes del ministerio se retiraron contentos, con francas caras de satisfacción, soñando en la semana que pasarían en el Cusco, gracias a la generosidad de estos gringos.
Lo que no entendieron fue cuando el señor Hoffman los despidió y   les dijo,
 ─ no se hagan problemas, esta todo pago, pero igual, lleven unas monedas.